Hasta luego, Madrid

Último día en Madrid. Bueno, en realidad, última mañana. Una vez pase el ecuador del día, habré cruzado la frontera a tierra quijotescas y estaré acurrucado de nuevo en el seno materno. 

Como dijo John:

“Mi moreno favorito,[…] eres la hostia[…] Volverás, porque la gente como tú está destinada a conseguir todo lo que realmente quiere“.

Han sido casi seis años de aventuras, de meteduras de pata y del conocido viaje del héroe en los ojos de un villano distópico. He sido un rebelde; un juerguista intrépido; un intelectual pedante y un caballero oscuro enamorado de todos los seres mitológicos, héroes y heroínas imaginables.

Como dijo Iván:

“Tu amistad para mí es muy importante”. 

He admirado el Prado y el Reina Sofía (como los franceses). He pisado el Retiro y admirado los libros de Moyano en cada paseo. He corrido bajo las tormentas de verano en medio de la plaza de la Luna y he caído desfallecido en los bancos de la 2 de mayo. He olido los cerezos en flor hasta que se me han hinchado los ojos por la alergia y he descubierto la Casa de Campo como un lugar inhóspito, de pasada, sobre mis patines; en Malasaña un gato blanco me siguió con su arnés hasta un restaurante y descubrí la fragilidad de la sexualidad autoimpuesta cuando conoces a alguien que te maravilla. El Arcipreste de Hita ya nunca más será la calle que yo conocí y donde tantas cosas experimenté. El Paseo de las Delicias que esconde un restaurante de comida colombiana al que pienso regresar y donde un banco concreto colocado a escasos metros de un vendedor ambulante de novelas de bolsillo, es hoy un fantasmas para mí. El apartamento de espejos en Antonio Salvador, donde la pintoresca vida de Usera observé desde mi balcón con mi gata aún bebé en brazos, son tan solo un recuerdo agradable de un agosto imposible. La Plaza España siempre habrá sido un sitio donde un apuesto Jesucristo consumido en su propio éxtasis escaló un árbol gritando que el mundo era un lugar hermoso… La Pradera, El Manzanares, La Dehesa de la Villa, El Retiro, todos aquellos lugares donde estornudé, donde me atrapé en fotografías, donde reconocí la luz de veranos que nunca pensé vivir, donde conté las estrellas, donde discutí de política, de arte, de justicia e injusticias… Los helados frente al Palacio Real conociendo su historia, observando la cúpula de la capilla: “El palacio más grande de Europa Occidental”. La cabeza de Goya en la Ermita que miraba con su ceño fruncido mientras comía pipas…  Cada capítulo abierto y cerrado en los rincones más típicos de una capital que me vio crecer: Los besos prohibidos en la calle Tutor; las despedidas para siempre en la Calle de la Princesa; los “te odio” en la Calle Pelayo; las carreras contrarreloj en la calle de Ventura Rodríguez; los madrugones en el despunte matutino de Gran Vía; la importante Hortaleza donde descubrí la filosofía y el significado de libertad; la Plaza del Carmen donde me robaron el corazón que creía perdido; La Latina y Las Islas Filipinas, donde he conocido a las personas más maravillosas que el mundo haya conocido… 

Como dijo Andrea:

“Tú y yo tuvimos un crush la noche que nos conocimos. Un año después aquí nos tienes, con un café charlando de libros […] ¿Qué habría pasado si aquella noche no subes a casa? Que no nos habríamos conocido. Con estas cosas, ¿cómo no voy a ser espiritual?”. 

…Y así un largo etcétera de una odisea en la que me envolví sin despeinarme, sin sudar o un traspiés digno de mención en esta carta de despedida. 

Como dijo Rafael:

“Cuánto has crecido en todo este tiempo […] A los buenos amigos hay que cuidarlos”. 

No hubo equivocaciones no me arrepiento de haber conocido a ese Huracán que me abrió los ojos de la manera más cruel, ni de haberme obsesionado con ese Jilguero que silbaba molesto anidando sin anidar en mi cabeza; ni de haberme tropezado con Foster, un fantasma cada vez más enterrado en mi memoria. Manhattan fue una isla que al final logré alejar de cuanto me hacía feliz… Hoy sus nombres apenas menciono en mi día a día, a menos que sea para recordar que con ellos, en esta ciudad, descubrí quien fui y quien podía ser. 

Como dijo Adrián:

“Dentro de todo esto malo, tienes a tus amigos […]  para que disfrutes todo lo que puedas de nosotros y nosotros de ti”.

He conocido tanta gente como granos hay en la arena y he construido dunas emocionales con todos ellos en los que he derrapado, he encontrado verdaderos oasis y creado espejismos.  

Como dijo Álvaro:

“Nosotros conservaremos un buen recuerdo de ti”. 

Creo que si alguien me pregunta cómo ha sido vivir aquí, no tendría tiempo de contarle con detalle cómo han sido todos y cada uno de los días que he pasado en esta capital. Una ciudad capaz de dártelo todo, capaz de cambiarte, capaz de subirte a un altar y a su vez, empujarte a un abismo de incertidumbre, convertirte en una versión irreconocible de ti mismo, y despojarte de todas tus armaduras… hacerte vulnerable.

Como dijo Belén:

“Es un final de temporada, pero volverás[..] Aquí estaremos siempre”. 

Eso me hizo Madrid, amigos: Una persona independiente, soberbia, altiva… incluso arrogante. Me otorgó el espejo de la eterna juventud en el que no miré la fecha de caducidad. Me dio fuerza, libertad. Me dio todas las herramientas para conocer el funcionamiento del mundo y con ellas, tomar decisiones. Algunas duras pero necesarias. Irme y dejar seis años de mi vida, es una de ellas.  

Como dijo Estefanía:

“Mi casa es la tuya”. 

Fui tan bueno y tan malo como pude ser y tuve total confianza en que cada día que pasaba y todo lo que vivía formaba parte de alcanzar mis sueños… y quizá fue así, pero no como yo esperaba. Aprender es crecer.

Como dijo Rebeca:

“Saber que tienes que parar es muy maduro por tu parte […] Cuando vayas a Londres tenemos mucho que hacer […] Te has convertido en una persona muy especial para mí”. 

Finalmente me he enamorado de tantas personas que no hay palacio en mi corazón para albergarlas a todas. Se encuentran apretujadas unas con otras en un orgiástico festival de recuerdos; concatenados en un sinfín de risas y lágrimas con canciones de los 90 y los 00 sonando en bucle haciendo que cada gramo de oxígeno que mantiene mi cuerpo en pie, merezca la pena. 

Es curioso como en esta ciudad comencé a escribir una historia en la que los personajes fueron entrando y saliendo como si de puertas giratorias se tratara y después de tanto tiempo, puedo decir que muchas han llegado para quedarse y que he vivido todo lo que tenía que vivir cuando tenía que hacerlo. 

Llegué sin saber qué me deparaba la vida. Llegué con mis sueños de ser escritor, de graduarme en la universidad, de comenzar a construir la vida con la que siempre había soñado contaminado por todo lo que había leído y por todas las series que te dicen: “si te lo propones lo consigues”. Finalmente me voy sabiendo que los sueños pueden cambiar, que a veces la vida es donde estás y que el futuro es opcional, maleable, arbitrario, a veces vertiginoso y a veces denso. Me voy sabiendo que una sola decisión puede afectar al resto de tu carrera y que ser escritor es algo que nace de uno: Amor y arte siempre cogidos de la mano y no por ello siempre bello y no por ello siempre hermoso. 

 Como dijo María:

 “Yo estaré aquí esperándote”.

Me voy sabiendo que dejo amores correspondidos, amistades que cruzan la raya de la amistad y la fraternidad; personas increíbles, experiencias dignas de mi literatura y una biografía que solo se queda en pausa y sé que a la vuelta me esperan unas amistades, unos círculos… Unas relaciones por las que de verdad merecerá la pena regresar.

Me voy sabiendo que un Caballero de Brillante Armadura, de paciencia infinita, que encontró mi corazón en un matorral de espinas y lo robó para guardarlo y protegerlo, me espera sabiendo que tendremos nuestro final feliz, aunque ya seamos felices, en mitad de este fin del mundo.

Como dijo Ángel:

“Sobreviviremos como a todo”. 

Regreso a donde pertenezco, de donde realmente he sido siempre. Donde me espera un encuentro con mi identidad olvidada, donde me esperan los brazos de mis amigas creadoras, donde me di mi primer beso, donde fumé mi primer cigarrillo, donde me enamoré por primera vez, donde realmente comenzó mi vida. Vuelvo a mis inicios y no por ello esto es un adiós, simplemente un hasta luego, Madrid. 

Como dijo Shakira: 

“Que se destruyan en el mundo los placeres y que se escriba hoy una última canción, pero que me quedes tú”. 

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